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Sensualidad y presencia: por qué “estar” cambia más que “hacer”


En una época definida por el rendimiento, hemos confundido la existencia con la agenda. Nos hemos convertido en expertos en la logística del movimiento, pero en analfabetos de la presencia. Sin embargo, la verdadera sensualidad —entendida no como erotismo básico, sino como la capacidad de habitar los sentidos— no nace de lo que logramos, sino de la calidad de nuestro silencio.


La trampa del activismo existencial

Vivimos bajo el imperativo del "hacer". Si no producimos, si no tachamos pendientes, sentimos que nos desvanecemos. Esta hiperactividad nos vuelve transparentes: estamos en todas partes (redes, reuniones, compromisos) pero en ningún lugar realmente.

El "hacer" es lineal, agotable y, a menudo, una huida. El "estar", por el contrario, es circular y profundo. Es lo que los antiguos llamaban gravitas: una densidad personal que no necesita de aspavientos para ser notada. Cuando alguien "está", el espacio a su alrededor cambia; el tiempo parece dilatarse.


Sensualidad: El lenguaje de los sentidos

La sensualidad es la inteligencia del cuerpo. No se trata de cómo nos vemos, sino de cómo percibimos.

  • La mirada que se posa: No es lo mismo observar para clasificar que mirar para apreciar.

  • La escucha activa: Una presencia que escucha es más seductora que una voz que solo busca convencer.

Cuando priorizamos el "hacer", el cuerpo se convierte en una herramienta, un vehículo de carga. Cuando priorizamos el "estar", el cuerpo se vuelve un receptor de texturas, sonidos y matices. Esa receptividad es la base de una presencia magnética.


Por qué el «Estar» es subversivo

En una cultura que premia la velocidad, detenerse es un acto de rebeldía. La presencia cambia nuestro entorno porque:


  1. Elimina la ansiedad del futuro: El "hacer" siempre mira al siguiente paso. El "estar" reclama el ahora.

  2. Genera conexión real: No puedes conectar con otra persona desde tu lista de tareas, solo desde tu vulnerabilidad presente.

  3. Crea autoridad: La presencia no grita. Su autoridad emana de una autoconciencia que no busca validación externa.


El regreso a lo esencial

La sensualidad de la presencia es, en última instancia, una forma de generosidad hacia uno mismo y hacia los demás. Es permitir que la realidad nos toque. Al final del día, nadie recuerda a una persona por lo rápido que vació su bandeja de entrada, sino por cómo nos hizo sentir cuando se sentó a nuestro lado y, simplemente, estuvo allí.

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